
Luego de haber ahondado en entregas anteriores sobre los aspectos filosóficos a tener en cuenta a la hora de trabajar en la formación de un tenista júnior, en nuestra última columna habíamos pasado a detallar dos de los cuatro pilares fundamentales sobre los cuales centrar nuestra labor (Técnica y biomecánica y Táctica y estrategia). Ahora, llegó el turno de analizar la tercera de estas patas: la Preparación física.
El hecho de desarrollar físicamente a un atleta es uno de los desafíos más arduos, pero a la vez más apasionantes dentro de un deporte tan difícil como es el tenis. En este sentido, como primera medida es importantísimo enseñar aspectos relacionados con la coordinación, sobre todo en la etapa formativa (fase sensible, 4 a 12 años). Nos referimos a diferenciación, ritmo, balance, reacción, orientación, acople, cambio, etc. Camino que un tenista en su iniciación debe ir transitando a la par de la técnica.
También es importante aclarar que de las capacidades condicionales (fuerza - resistencia - velocidad y flexibilidad), la primera en aparecer es la flexibilidad. Si bien en el tenis se necesita un tipo de flexibilidad óptimo y no máximo -debido a que no es determinante para desarrollar una figura con destreza, como por ejemplo en la gimnasia deportiva-, está comprobado científicamente (Harre, Platonov) que es determinante para disminuir el riesgo de lesión y aumentar la potencia de un golpe, gracias a la mayor amplitud de movimiento que el atleta tiene para ejercerlo (contracciones excéntricas). Entonces, es ideal trabajarla desde temprana edad, ya que en la composición de un niño, su estructura posee partes más blandas (huesos, ligamentos, articulaciones, tendones y músculos).
A partir del “despegue hormonal”, entre los 13 y 14 años, el niño ya está preparado para realizar los primeros trabajos de fuerza y de potencia, siempre con una progresión adecuada y con los conocimientos técnicos específicos de los ejercicios de gimnasio relacionados con la técnica del deporte en cuestión. Esta es una etapa clave, por lo que dejar pasar hasta los 17 ó 18 años para trabajar estas cualidades, como indican algunos autores, significaría perder un valiosísimo tiempo en el desarrollo de un jugador júnior de competición.
En la próxima entrega de esta columna analizaremos el cuarto pilar de nuestro trabajo junto a un júnior en formación: la Entrenamiento mental (psicología).